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¿Tan simple?

No me acuerdo del bautismo de niño, era demasiado pequeño. Cuando hice la primera comunión pensé de recibir a Jesús en mi corazón. Me habían dicho que con la confirmación se recibía el Espiritu Santo. Pero todos estos sacramentos no me ayudaron a establecer una relación personal con Dios. Yo me consideraba un cristiano, pero en realidad mi vida estaba lejos de Cristo.
Como siempre he creído en una vida después de la muerte intentaba ganarme la salvación con las buenas obras. A pesar de todos mis intentos seguía viviendo en el pecado. Me confesaba regularmente porque me hacía sentir mejor por un tiempo. A veces, me preguntaba: ¿Por qué tengo que ir al purgatorio si Dios ha perdonado todas mis culpas?
Sabía que los grandes santos habían hecho muchos sacrificios y yo también quería hacerlos.  Por eso fuí a trabajar a Roma como guardia suiza para servir al Papa, a la Iglesia y a Dios. Me desilusioné rápidamente porque se trataba solo de tradición que había sido transmitida durante siglos. Me faltaba la convicción y el gozo en esta tarea y después de un año dejé mi trabajo en el Vaticano.
Durante una evangelización, oí hablar por primera vez de ¡la seguridad de tener la vida eterna! Esta seguridad no se basaba en el buen comportamiento, en el bautismo, en la comunión o en la confirmación, se basa solo en la gracia de Dios.
En la Biblia nos viene revelado el plan de salvación: Dios envió a su Hijo como el Cordero de Dios, sin defecto para quitar nuestro pecado. Para los judíos no era posible recibir el perdón del pecado sin derramar la sangre de un amimal puro. Jesucristo, el inocente, dió su vida como sacrificio único, una sola vez y para siempre. Dios lo resucitó, haciéndolo vencedor sobre la muerte. Era imposible que Jesús fuese esclavo de la muerte.
“Tanto amó Dios al mundo, que dió a su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no muera sino que tenga vida eterna.” Juan 3: 16
Aquella misma tarde en la evangelización me arrepentí, pidiendo perdón al Señor por mis pecados. Él me libró de todas mis culpas. 1) He dado el derecho a Jesucristo de dirigir mi vida porque en mis decisiones Él está en el primer lugar. A través del Espiritu Santo he vivido la experiencia de lo que la Biblia llama “nacer de nuevo”. 2) Desde aquel momento tengo la convicción que Cristo vive en mí 3) que soy un hijo de Dios y por lo tanto un heredero de su gloria en los cielos. 4) Cuando yo muera estaré con el Señor para siempre. 5)
A lo mejor dirás: “Todo esto es demasiado fácil. ¡Es imposible que sea tan fácil ser salvos! ¿No tenemos que llevar nuestra cruz, hacer buenas obras y consagrar nuestro ser a Dios?”
Querido amigo, no puedes mezclar tus esfuerzos con la obra de salvación de Jesucristo. ¿Ayudaste a Dios en la creación de los cielos y la tierra? ¿Aconsejaste a Dios cuando creó las flores y los insectos? Así que tampoco necesita que tu intervengas para salvarte. Así que tampoco puedes añadir nada al nuevo nacimiento espiritual del alma.
Si quieres agradar a Dios tienes que tener fe completa en la obra de salvación de Jesucristo. El apóstol Pablo escribe en la epístola a los romanos: “Todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios, en su bondad y gratuitamente, los hace justos mediante la liberación realizada por Cristo Jesús.”  Romanos 3: 23-24
La Biblia enseña que el creyente ora, ama al prójimo, hace buenas obras. Pero todo esto es el fruto de la salvación, la fe y NO puede ser el medio para ser salvos. ¡Cuándo hemos conocido a Cristo como Salvador queremos darle las gracias por su don perfecto ayudando al prójimo!
De generación en generación la perdición y la muerte han reinado sobre la humanidad. Dios, en su infinito amor, se hizo hombre en la persona de Jesucristo y vino a este mundo lleno de pecado. Vino como “segundo Adán” se cogió toda nuestra culpa y nos abrió las puertas de los cielos. “Pues por la bondad de Dios habéis recibido la salvación por medio de la fe. No es esto algo que vosotros mismos hayáis conseguido, sino que os lo ha dado Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie pueda jactarse de nada; pues Dios es quien nos ha hecho, quien nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, según lo que había dispuesto de antemano.” Efesios 2: 8-10.
Querido amigo, ¿por qué no quieres aceptar este don inmerecido de la mano de Dios? Puedes decir ahora:

“Señor Jesús, gracias por haber llevado mi culpa en la cruz y haber muerto por mi pecado. Te pido perdón porque se que soy pecador y necesito que tu me limpies de toda mi maldad. Librame de todas las cadenas del mal, en tus manos pongo mi vida, guíame en la dirección justa. Ayúdame con tu Espiritu Santo y no permitas que me aleje de tí. Gracias Señor por salvarme y darme la vida eterna. Amén.”

Si crees en Jesucristo como tu Salvador con todo tu corazón, tu serás un hijo de Dios. Empéñate en leer la Palabra de Dios cada día, ella será tu alimento espiritual. En cualquier circunstancia puedes hablar con Dios directamente, no necesitas intermediarios. Dios conoce nuestros pensamientos antes de que salgan de nuestras bocas.
“Porque no hay más que un Dios, y no hay más que un hombre que pueda llevar a todos los hombres a la unión con Dios: Cristo Jesús. Porque él se entregó a la muerte para pagar el precio de la salvación de todos, conforme al testimonio que se dio a su debido tiempo.” 1 Timoteo 2: 5-6 Que Dios le bendiga mucho.

Bernhard Dura, CH-7000 Chur

1) “Si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad.” 1 Juan 1: 9
2) “Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios.” Juan 3: 3
3) “Que Cristo viva en vuestro corazón por la fe.” Efesios 3: 17
4) “Y por ser sus hijos tendremos también parte en la herencia que Dios non ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, si en verdad sufrimos con Él para después estar con Él en su gloria.” Romanos 8: 17
5) “Y después de ir y prepararos un lugar, vendré otra vez para llevaros conmigo, para que vosotros también estéis donde yo voy a estar.” Juan 14: 3

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